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26 2013 mar

El Sur, un cuento de Patricia Morales

Ella.

Era una mujer renacida ante el encuentro con el pasado. Un pasado recobrado. Una memoria rescatada. Una mirada de frente ante aquello que había intentado en tantas ocasiones enterrar, olvidar en el cajón de la vergüenza.

Ahora, felizmente podía abrir todas las puertas y dejar que el aire corriera. Libre. Sus brazos crecían abrazando el tiempo. El tiempo había dejado de ser una cárcel y nacía como un libro en blanco para escribirse a sí mismo.

Su cuerpo firme echaba raíces. Vestida de verde bosque, su torso firme, su cintura erguida, su pecho mirando al cielo completaban la delicada presencia de una mujer con el alma florecida. Una mujer con el cuerpo vestido de la dignidad de quien al fin puede saborear la victoria de haberse confrontado consigo misma. Nada que esconder. Ella con sus manos había arrancado el silencio de su escondite y había abrazado la vergüenza. Su hijo. Aquel que tuvo que abandonar, era por primera vez entre sus brazos acogido, reconocido y podía brillar con la alegría de quién se sabe amado. Una victoria que derrumbaba con aplomo los muros desvencijados del pasado. La dignidad que nace de desenterrar a los muertos y ponerlos de frente ante su dolor. Y yo que la miraba podía disfrutar con la belleza de este alumbramiento, admirada.

Así que decidí partir. Irme lejos. Pero el sueño me fue encontrando. Me fui dejando caer, entrando, sumergiéndome poco a poco en las aguas profundas del olvido, embriagada por su dulzura placida, el sueño me vencía con su mano acariciadora. Y así, fui mecida por el abrazo del abismo, sin nombre, devuelta al útero materno. No sé cuanto tiempo pasó. Cuando desperté, desconcertada me hallaba en medio del océano dentro de mi barco velero, rumbo a ningún lugar.

El barquito era  blanco, nuevo, radiante, pequeño y valiente. Protegida en su interior me sentía confiada, como si él supiera danzar con la temible fuerza del mar abierto. Miré a ambos lados buscando compañía. Estaba completamente sola, cosa que aunque me inquietaba y me hacia cosquillas en la barriga no me extrañó ni me preocupó demasiado.

El barco se tambaleaba por el fuerte oleaje. Me levanté de un salto para mirar por las ventanas acristaladas dispuesta a descubrir este brazo de mar que me zarandeaba fuerte. Y de pronto ante mis ojos lo vi. El océano abierto. Mis ojos se detuvieron durante un instante eterno inmovilizados ante tanta belleza. Suspiré. El océano inyectado en luces turquesas, azules, verdes esmeraldas bailaba lleno de una fuerza colosal. Mis manos agarradas al cristal me sujetaban para no caer. Allí, parada, podía sentir como mi corazón de niña temblaba excitada, deslumbrada por la luz de este mar que me agitaba en sus brazos en una danza voluptuosa, llena de sensualidad y vida. Agua, agua redonda, una masa de aguas redondas abrazando mi barquito en un movimiento acompasado, armonioso. Miré por la ventana a estribor, otro barco a lo lejos navegaba capitaneado por un señor con barbas blancas que miraba con ternura a su familia disfrutando del calor de sol y el frescor de las aguas saladas del verano.

Y en ese instante pensé que estaba sola, de nuevo me sobrevino la soledad como una mezcla de excitación y certeza. Mi barco era llevado por el océano. Capitaneado por el impulso de la fuerza salvaje y abismal de la naturaleza. En un momento el barco se ladeó y pensé que nos hundíamos, pero en seguida recuperamos el eje. La proa avanzaba veloz cortando las aguas a su paso como un hacha erguida, surcando la ondulada mar. Avanzaba firme hacia el firmamento, hacia ningún lugar. El azul del cielo y el mar confundidos. Iba, iba, sin saber como, sin saber a dónde, conducida por los elementos, por la materia primera, esencial, guiada por el manto azul cristalino de la madre Agua que estaba allí para enseñarme a confiar, y yo fluía con ella llena de una contagiosa alegría. Mi barquito blanco y yo surcábamos veloces el océano. Y así, absorta me dejé guiar durante días por la ancha mar,  inocente y confiada como una recién nacida.

 El tiempo pasó como un relámpago, cuando me vi despierta en tierra firme. Una ciudad de piedra color tierra y catedrales medievales. En el puente que llegaba a la playa encontré a un joven poeta que deambulada por allí buscando conchas para hacer sonajeros para las entradas de las casas. El aire olía a musgo de piedra milenaria, y el cielo se vistió de gris nube. La quietud y el silencio de la piedra firme me hacían sentir segura y desprovista. Nos miramos y en mitad del silencio y sintiéndome como una extranjera perdida le pregunte:

-Perdona, ¿sabrías decirme dónde estoy?-

El joven me dio el nombre de la cuidad, un nombre que olvidé enseguida, y continúo:

-“En la España profunda”.

-“¡Ajá!, dije,“¡Que curioso!

Todo me parecía extraño y desconcertante,

-¿Y hacía donde me dirijo?”. Le pregunté.

-“Hacia el Sur”. Me dijo con una voz clara y serena.

Aquella respuesta me reconfortó y me pereció que era algo que en el fondo sabía. Volver al Sur. Volver a mi origen. Y recordé mi tierra, mi familia, y sentí un deseo profundo de ponerme rumbo allí.

 Me despedí con una sonrisa y caminé lentamente hacia la playa. Él continúo recogiendo conchitas y cristales de colores de la arena.

 La ciudad bordeada por la costa mostraba su final y el agua tímida lamia la arena fina de la playa. De pronto levanté la mirada y frente a mi una familia de hermosos delfines reposaba sus panzas en la arena de la playa y me recibían con mirada amiga. La piel gris azulada de los delfines brillaba con la suave luz y sus bocas llenas de diminutos dientes sonreían y se agitaban en grititos de alegría al verme, como si yo perteneciera a su tribu y me estuvieran dando la bienvenida a su manada. Mis manos corrieron a acariciarlos y compartir con ellos este encuentro.

Había llegado a casa. Los delfines me miraban con sus diminutos ojos y su mirada parecía decirme: estas en casa, esta es tu manada. Miré a mi izquierda y en el zócalo de una piedra vi pequeñas crías de delfín acurrucadas unas con otras, cubiertas de suave pelo y con los ojos aún cerrados y gimoteando. Quedé conmovida ante tanta fragilidad y con suma delicadeza los acaricié durante un rato. La tarde caía lenta y gris sobre la costa. La luz tenue del día se iba apagando rosada. De pronto me acordé de mi barquito. ¿Dónde estaría? Me pregunté.

En la orilla con los pies descalzos y el pelo al viento un hermoso hombre, quizás un pescador, miraba al horizonte o a ningún lugar, como si también él anduviera buscando su barquito, o eso pensé. Caminé junto a él.

-¡Hola! Le dije.-Nos miramos.

-Estoy buscando mi barco está perdido en el océano, ¿me puedes ayudar? ¿Sabes tú donde puedo encontrarlo?-

El joven me miró a los ojos como queriendo ayudarme. Quizá él tampoco sabía donde encontrarlo, y quizás mi barco andaba ya muy lejos como para encontrarlo. Caminamos durante horas y el continuaba a mi lado decidido a ayudarme a encontrarlo. Hablábamos poco y cosas sin importancia, y su compañía me daba fuerzas para seguir buscándolo pese al cansancio. A lo lejos pude ver el movimiento tintineante de las velas blancas de mi barquito como espejos de luz.

-Allí, allí está!!!-Le dije.

Sonreímos y nos abrazamos dando saltos de celebración. A lo lejos mi barco seguía brincando con la mar. Ahora solo quedaba alcanzarlo cuando llegara a la costa. Me moría de ganas de recuperarlo y volver a sentirme acariciada por el mar dentro de él, dispuesta a dejarme guiar por las olas salvajes de la azulada mar. Quizás aún no sabía con certeza mi rumbo y me preguntaba si era importante, o debía preocuparme por no saberlo. En cualquier caso mi paso por la ciudad de piedra y catedrales medievales me había enseñado que no estaba sola, estaban los delfines, y algo me decía que el joven poeta no se equivocaba cuando me dijo que quizás mi rumbo estaba al Sur, y que en el Sur había de reencontrarme con mi pasado como aquella mujer que encontré vestida de verde musgo, para poder mirarlo de frente y sentirme finalmente como su hijo, una hija digna de ser amada.

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29 2013 ene

Cuerpo reposado. Un cuento de Patricia Morales.

Ella espera. Una espera a la vez dulce y tentadora, pues tras la puerta no sabe que va a encontrar. El tiempo vacío estalla en la cafetería. Hace alguna llamada de teléfono para matar el tiempo, y de nuevo siente el vacío, bañado del jaleo del bar. Se detiene. Entiende. No hacer nada más que estar ahí sentada y ver pasar la tarde le parece algo delicioso. Poder recordar aquellas tardes de merienda de niña en las que el tiempo embarazado de sí mismo se detenía, se dilataba hasta el infinito. No time. ¡Que sabor tenían esas tardes de merienda! Y que sabor tiene ahora esta tarde que ella goza, pausada, sin deseo alguno que la violente a escapar de este aquí. No hacer nada, disfrutar de esta pausa de sí. El cuerpo reposado. Nada que alcanzar, nada que perseguir, nada que buscar, nada que conquistar. Pausa. La nada convertida en una eternidad deliciosa. Y al fin, en este espacio de nada, ella, silenciosa, puede dejar de confundirse con el mundo y encontrarse consigo misma, darse cuenta de su existir y sentir su propia presencia como un bello regalo.