4 2020 Mar

La terapia fue un viaje hacia mi misma. Yo vivía desconectada.

Llegué asustada, defendida. 

Llegué desconocida, sin habitar muchas de mis habitaciones.

Dolor. Los bloqueos de dolor se iban soltando. El corazón a cantar, mi voz a salir. Conquistando la fragilidad, la dulzura. Conquistando la belleza de mi alma. La humildad de sentirme sencilla y reconocer mis límites. Aprendiendo a verme y amarme. Abrazando la compasión. Llorando las pérdidas. Mis pies se abrían a la tierra en un abrazo lleno de confianza. Sanando las heridas de la niña. Conquistando la sabiduría de mi adulta, aprendiendo a cuidarme y hacerme de mamá.

¿Quién soy y que quiero? Nombrar, decir, expresar. 

Recuerdo mis juicios, mi crítica el primer día. En estos años he aflojado mucho la exigencia y la dureza. He aprendido a vivir. Me siento más humana. Y siento que me veo más, me quiero cada día más, y puedo ver y amar más al otro tal y como es. Ver con el corazón. El corazón se me sigue cerrando, pero ya conozco las llaves para abrirlo. Abrir los ojos del alma, tomar distancia y conciencia, ser ecuánime, sensible y despierta, conectada y centrada.  Esto es lo que necesito. Gracias.

Patricia García Marquez

 

 

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