Hace unos día he retomado la lectura de “La locura lo cura”. Un libro de Guillermo Borja, que hace años me impresionó por la fuerza, la convicción, el coraje y honestidad de las palabras de este hombre comprometido con lo humano.

Os dejo unas palabras para que las disfrutéis y podáis sacarle sustancia.

Guillermo Borja. Irapuato, México
1951

Un chamán urbano y buscador de la verdad.
Guillermo Borja fue una de esas personas que nos incomodan y acobardan, no por su autoridad, su prestigio, su estatura y su fama, sino más bien por su gran e implacable honestidad.
Enemigo de la normalización forzada de las personas, esa normalidad impuesta por el sistema y la educación, que terminan en un neurótico típico de la modernidad: el \normópata\”, sumiso o rebelde, violento o pasivo, pero siempre inauténtico y alejado de su verdadera esencia y, sobre todo, infeliz, que siembra conflictos y desgracias en su entorno.
\”Memonio\”, como lo conocían sus amigos y pacientes, sostenía que sólo podemos sanarnos y sanar a otros si nos atrevemos a mirar de frente y en profundidad nuestra propia locura y aceptamos la locura del prójimo. Es la admisión de la locura y del arte que hay en ella lo que eventualmente nos cura.
Su oficio lo llevó a la calle, al desierto, y finalmente al penal de Almoloya, donde estuvo recluido por tres años y de paso convirtió al pabellón de psicóticos del penal y sus internos en un modelo de solidaridad y humanidad. Murió de SIDA en julio de 1995, a los seis meses de ser liberado.

“Los que trabajamos en terapia sabemos que un cambio de personalidad cuesta muchísimo trabajo, tiempo y dinero. En incontables ocasiones tratamos de hacer rápido las cosas, se nos olvida que estamos trabajando con la esencia del ser humano. Estamos tratando de ayudar a formar, a reformar, a reeducar o a reconocerse a un ser humano que no quiere hacerlo. Si alguien quiere asomarse a un proceso de evolución, le recomiendo que lea la vida de los santos. Estas personas se someten a un proceso terapéutico; aunque son de una sensibilidad extraordinaria y cuentan con un maestro, lo esencial es su capacidad de entrega.

La capacidad de entrega es fundamental es un proceso terapéutico. Si uno no se entrega, no se modifica nada. Pero llegar a esto es muy difícil, son años de trabajo, de trabajar las defensas y los mecanismos. Por eso creo que hay una terapia profunda, y otra que se dedica a analizar la caracterología, a reconocer los mapas de la patología y no los de la salud.

Hay que explicarle al paciente que el trabajo va para largo…

Que venimos al mundo a darnos cuenta en dónde estamos y que este darse cuenta tiene muchas etapas. (…)

El terapeuta enseña una buena actitud ante lo irremediable, ante el misterio de la vida, ante la injusticia, ante la incapacidad. Enseña la aceptación, que a pesar de todo, hay un orden, que lo que nos ha tocado está bien, que lo más valioso para poder reconocer la salud, es bendito sea Dios, que nos reconozcamos enfermos, pequeños y sufrientes”.

“La locura lo cura”. Guillermo de Borja. Ediciones la LLave.

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