29 2013 Ene

Ella espera. Una espera a la vez dulce y tentadora, pues tras la puerta no sabe que va a encontrar. El tiempo vacío estalla en la cafetería. Hace alguna llamada de teléfono para matar el tiempo, y de nuevo siente el vacío, bañado del jaleo del bar. Se detiene. Entiende. No hacer nada más que estar ahí sentada y ver pasar la tarde le parece algo delicioso. Poder recordar aquellas tardes de merienda de niña en las que el tiempo embarazado de sí mismo se detenía, se dilataba hasta el infinito. No time. ¡Que sabor tenían esas tardes de merienda! Y que sabor tiene ahora esta tarde que ella goza, pausada, sin deseo alguno que la violente a escapar de este aquí. No hacer nada, disfrutar de esta pausa de sí. El cuerpo reposado. Nada que alcanzar, nada que perseguir, nada que buscar, nada que conquistar. Pausa. La nada convertida en una eternidad deliciosa. Y al fin, en este espacio de nada, ella, silenciosa, puede dejar de confundirse con el mundo y encontrarse consigo misma, darse cuenta de su existir y sentir su propia presencia como un bello regalo.

Leave a Comment